lunes, 4 de junio de 2018

La lucha ha sido dura.


Pedro Sánchez Presidente del Gobierno y secretario general.
La esperanza de la regeneración democrática. 

2014: La voz de los militantes, por @arvaldivia  https://www.huffingtonpost.es/2014/07/13/militantes-psoe_n_5573410.html 



2016: Los críticos tumban a Pedro Sánchez en un bochornoso Comité Federal http://www.elmundo.es/espana/2016/10/01/57effbe6468aebeb2f8b45fa.html vía @elmundoes

octubre 2016: Pedro Sánchez dimite como secretario general del PSOE https://politica.elpais.com/politica/2016/10/01/actualidad/1475346998_362316.html?id_externo_rsoc=TW_CC vía @elpais_espana


diciembre 2016: Más de 30 plataformas piden un congreso del PSOE cuanto antes http://www.elmundo.es/espana/2016/12/13/584f096eca47419f688b464d.html vía @elmundoes







2017:  La Opinión de Almería: Malestar entre los ‘pedristas’ de Almería por la lista de Delegados al Congreso del PSOE  http://www.laopiniondealmeria.com/2017/05/malestar-entre-los-pedristas-de-almeria.html?spref=tw

Durante 5 meses los renovadores históricos (congresistas, los que no practicamos culto al líder) trabajamos juntos con los históricos de Nono Amate ( llamados sanchistas) en la capital, acordamos que la coordinación provincial la asumieran Fernando Martínez y Nono, evidentemente por el tiempo del que disponían y la experiencia acumulada. Conforme avanzaba la estrategia del equipo de Pedro Sánchez menos se compartía,  hasta que la plataforma perdió toda su esencia y las decisiones se comunicaban, no se discutían, no se convencía; las reuniones se convocaban el mismo día a distinta hora según fueran unos u otros, hubo un simulacro de tribunal de selección para representar a Almería " según capacidad para hablar en público e imagen" que por humillante el intento se retiró ( había que dividir, había que mandar, hacer tratos diferentes, a la antigua usanza), las listas venían hechas, y se dejó de consultar. Las cuotas provinciales chocaron frontalmente con el cupo capitalino, copado en su totalidad por los coordinadores que se erigieron solos, y solo a sus elegidos. 

Y nos volvimos invisibles. Personalmente dí todo por lo que creí, tiempo, madrugadas, dedicación, promoción, fui a todas las reuniones convocadas, conociendo el percal, vigilante para que se respetase la participación y la representación en su justa medida;  era la única mujer en un grupo de hombres, encargada de transmitir todo lo que se plantease y decidiese. 

Conspiramos para impedir la imposición de un candidato no elegido. Forzamos la votación de los candidatos. Y una vez conseguido, hubo conjura machista, como siempre,  la ambición es así. Sacrificada la mujer, los hombres continuaron siendo visibles, sin remordimientos. Otros abandonaron el espacio, con ellos. Y otras mujeres, que también las hay machistas, miraron a otro lado. Justificaron. Defendieron lo indefendible y traicionaron la causa repitiendo mucho su etiqueta "sanchista" como argumento, a la vez que lo traicionaban. 

Y dejé de creer. Parecía que nada iba a cambiar.


La visita de Pedro fue un punto de inflexión. Durante y después de ese día ya solo importaba ocupar espacio a codazos, como si solo pudiese quedar un grupo, bienvenida esa gente desconocida que no aportó compromiso, ni arriesgó, ni invirtió tiempo, ni  dinero que se entregó para hacer frente a los gastos que originaban las visitas de los diputados de Pedro o el mismo merchandising. Bienvenidos, si. Pero dando el lugar que corresponde a los que abrieron camino, y se mantuvieron hasta el final. 

Si había que enseñar a Ferraz quién mandaba en Almería había que enseñar las dos fuerzas, el tantos avales entregas tal lugar ocupas no cuadraba sin la determinación y convicción de los renovadores, sin ellos nadie habría acudido a la llamada. El nuevo tiempo exige nuevas formas y el respeto por los equipos. 

¿A estas alturas a quién se puede engañar en Almería? a nadie. La causa lo era todo, pese a todo. Almería cuándo cambiarás. 

Hasta que su causa dejó de ser la nuestra. Sin calidad democrática,fuimos apartados. Y aún así seguimos trabajando, porque la comunicación con el militante nunca la abandonamos desde nuestras plataformas a pleno rendimiento desde el 2009. 





2018: El misterio de... la multiplicación de afiliados en el PSOE de la capital http://cadenaser.com/emisora/2018/04/18/ser_almeria/1524038196_310234.html?ssm=tw vía @SER_Almeria

Pucherazo en la familia socialista http://sevilla.abc.es/andalucia/almeria/sevi-pucherazo-familia-socialista-201805182130_noticia.html#ns_campaign=rrss-inducido&ns_mchannel=abcdesevilla-es&ns_source=tw&ns_linkname=noticia-foto&ns_fee=0 vía @abcdesevilla

 Ferraz sí ve pucherazo en el PSOE de la agrupación municipal  https://www.lavozdealmeria.com/noticia/12/almeria/152172/ferraz-si-ve-pucherazo-en-el-psoe


Que vergüenza. 

Y de repente moción de censura que se gana. 




El 17 de junio de 2018 se celebran primarias en Almería capital, con 452 personas más en el censo de repente, pasamos de 800 afiliados a 1.200 afiliados y lo único que podemos esperar es que haya muchos interventores y apoderados activos en las próximas elecciones, si mantienen la afiliación. De no mantenerla habría que preguntarse si esta es la forma de sostener una agrupación y qué hacemos aquí el resto. 

domingo, 3 de junio de 2018

La hermandad de la corrupción ,por Fernando Savater

La hermandad de la corrupción,  por Fernando Savater
https://politica.elpais.com/politica/2017/09/01/actualidad/1504263003_193157.html?id_externo_rsoc=TW_CC vía @el_pais


Cuenta el padre Feijóo (y a mí me lo transmite mi amigo César Pérez Gracia) que, cuando Tomás Moro era canciller de Inglaterra,un acaudalado ciudadano le llevó a casa dos magníficas jarras de plata maciza con la intención de sobornarle. Moro hizo que se las devolvieran llenas de un exquisito vino de su bodega, junto con un amable mensaje en que decía que, cuando se lo bebiera, volviese a traérselas para surtirle de nuevo, porque ya podía comprobar que su Borgoña merecía la pena…
La anécdota no sólo demuestra que el santo varón unía a la firmeza de la virtud la sutileza de la ironía (lo cual no sorprenderá a los lectores de Utopía), sino también que los intentos de corromper a los cargos públicos no son una novedad de nuestro tiempo. Porque es evidente que tampoco entonces los cancilleres respondían con tanta rectitud a las tentaciones: por ejemplo el gran Francis Bacon, en un

Entre los corruptos están aquellos para quienes aprovecharse de todo, por poco que sea, es casi una ley moral, como la de Kant pero al revés

La corrupción consiste en aprovechar la preeminencia social que otorga un cargo público en beneficio propio —personal o partidista— en lugar de en servicio de la comunidad. Y no parece exagerado decir que ese desvío es tan antiguo como la existencia misma de jerarquías y privilegios en las agrupaciones humanas. Un testimonio tan antiguo como ambiguo de prácticas corruptas lo encontramos en el evangelio de san Lucas (16: 1-15), donde Jesús cuenta a un público formado por sus discípulos y también algunos fariseos la parábola del mayordomo infiel. Este sujeto, sabiendo que su amo iba a despedirle por algunas fechorías, se apresura a ponerse en contacto con varios deudores y a rebajarles fraudulentamente la cuenta de lo que debían al amo. Así se garantizaba su benevolencia para cuando perdiese el trabajo. Lo curioso es que esta astucia le gana la admiración del propio amo y también al parecer la de Cristo: “Y yo os digo: ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas os falten os reciban en las moradas eternas”. Porque resulta que “los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de la luz”.
Los expertos interpretan de maneras un tanto retorcidas esta lección tan chocante pero para mí, y sin querer ser irreverente, Jesucristo no tuvo su mejor día. Es disculpable, porque en estos tejemanejes contables no hay Dios que se aclare.
Los autores clásicos de sátiras, como Juvenal y Horacio, analizaron críticamente la extensión de la corrupción en la sociedad romana. En particular Juvenal señala un aspecto que hoy nos interesa especialmente: la falta de sentido de lo común, del bien público, “entre aquellos a los que la fortuna favorece en más alto grado”. Es decir, quienes por obtener más beneficios de las convenciones y principios sociales deberían ser sus más celosos guardianes.
Si los que más provecho sacan del pacto de confianza mutua en que se basa nuestra convivencia son los más dispuestos a traicionarlo…, ¿qué podremos pedir a quienes cargan con la parte más gravosa de esas obligaciones? Por eso santo Tomás, lector de Séneca, estableció que corruptio optimi pessimalo peor de todo es que se corrompan los mejores, los más destacados.
A partir de esas consideraciones, el conde de Shaftesbury comenta con noble generosidad la necesidad de conservar un sentido de lo común que nos preserve de ese exceso de individualismo egoísta que evidentemente debía ser tan frecuente entre las clases altas en su época como en la nuestra… o en la de Juvenal. Shaftesbury apela al amor propio bien entendido para rechazar las bajas tentaciones corruptoras: “Quien desee gozar de libertad de mente y ser auténtico poseedor de sí mismo debe sobreponerse al pensamiento de rebajarse y no aceptar vilezas”.
Hay quien lo quiere todo, aunque en ese “todo” quepan deseos contradictorios: pretende tener arrojo, decencia, rectitud de carácter, el respeto merecido de los demás… y además carecer de escrúpulos a la hora de obrar en los negocios públicos. Es como esos niños ávidos por comerse el pastel pero que reclaman a la vez poder conservarlo. A Shaftesbury le parece mala señal que algunos pidan razones para portarse honradamente cuando están en posición de abusar. “Y ¿qué gano yo obrando rectamente?”, preguntan (Wittgenstein decía que a cada “debes hacer esto o lo otro” de la moral siempre se puede reaccionar con un “¿y qué pasará si no lo hago”?).
“A los hombres que empiezan a meditar sobre la falta de honradez”, escribe Shaftesbury, “descubren que no les repugna y preguntan con maña por qué tendrían que resistirse a ser deshonrados si ello les supusiera una hermosa suma, habría que decirles lo mismo que a los niños: que no pueden comerse el pastel y conservarlo” (en Carta sobre el entusiasmo & Sensus Communis, editorial Acantilado, en excelente traducción de Eduardo Gil Bera). No es nada seguro que esta reprimenda baste para frenar los impulsos torcidos de almas menos limpias que las del admirable conde…
Las motivaciones de los corruptos para legitimar a sus propios ojos las fechorías que cometen deben abarcar un amplio registro. En primer lugar, desde luego, van aquellos para quienes aprovecharse de todo lo que les lucra, por poco que sea, es casi una ley moral, como las de Kant pero al revés. Luego están los que creen que prestan servicios tan destacados a la comunidad que se lo merecen todo y más: estoy convencido de que en la banda de los Pujol, sobre todo en la rama matriarcal, prevalece ese sentimiento de “¿qué sería Cataluña sin nosotros? Sólo cogemos lo que nos corresponde…”. Y hay otros que han nacido para el embrollo y la tropelía, para los que la deslealtad es un mórbido placer aunque arriesguen más de lo que pueden obtener: en una palabra, que “pagarían por venderse”, como dijo Flaubert.
Por supuesto muchos de los más críticos con la corrupción no se indignan por integridad, sino por deshonestidad contrariada: no perdonan a los corruptos haberse aprovechado de una ocasión que a ellos no se les ha ofrecido. Entre los que van a la puerta de los tribunales a chillar contra los encausados hay algunos personalmente perjudicados, sin duda, pero creo que la mayoría van como maletillas olvidados, a pedir una oportunidad…
La batalla contra la corrupción, que nunca puede ser ganada del todo como demuestra la historia, no es propiamente un proyecto político sino una medida higiénica para favorecer los que se emprenden. Como los lazos amistosos o familiares dentro de cada grupo institucional, ideológico o religioso falsean el autocontrol por bienintencionado que sea, hace falta una instancia independiente y exterior con amplios poderes y suficientes medios para ejercer su vigilancia. Pero sobre todo se necesita un verdadero compromiso de los ciudadanos contra esa lacra, no ocasionales rabietas frente a tal o cual abuso.
Me parece sorprendente que haya quien abomine de la política, que es necesaria, por culpa de los corruptos, pero que nadie pierda por ese motivo la afición al fútbol, a pesar de que está cien veces más corrupto que la política y no pasa de ser un mero entretenimiento…
Pío Baroja, que tenía sobre este tema una opinión tan ácida como sobre los demás (decía que la única diferencia entre conservadores y liberales es que los primeros se llevaban mucho de una vez y los otros poco de muchas…), cuenta en Juventud, egolatría esta anécdota: en su vejez, nombraron a don José de Echegaray ministro de Hacienda. Ante un periodista que fue a entrevistarle, reconoció que no tenía ni idea de lo que debía hacer. Al final del encuentro, el periodista se despidió de él diciendo que se cuidase, porque el edificio era muy fresco. Y Echegaray contestó: “Para fresco, yo”.
Fernando Savater es filósofo y ensayista, autor entre otros libros de ‘Voltaire contra los fanáticos’.

sábado, 9 de septiembre de 2017

La perpetua adolescencia, por Félix Ovejero

Tribuna | La perpetua adolescencia; por Ediciones El País http://elpais.com/diario/2005/10/08/opinion/1128722408_850215.html?id_externo_rsoc=TW_CC vía @el_pais

Un verso del Infierno de Dante, "Che fece viltate il gran rifiuto" ("(aquel) que hizo, por cobardía, la gran renuncia") sirvió a Kavafis para titular uno de sus más hermosos y desoladores poemas: "A algunos hombres les llega un día / en que deben el gran Sí o el gran No pronunciar. / Pronto se revela quien tenía / listo el Sí: y al pronunciarlo avanza / en sus convicciones y en su honor. Quien dijo No, no se arrepiente. Si otra vez le preguntaran, / no, diría de nuevo. Y sin embargo, aquel no -legítimo- / le abate el resto de su vida".
El poeta nos venía a recordar que hacernos mayores es saber decidir, también para equivocarse. Porque hay que decidir. Bien lo sabemos. Con los años y las despedidas todos hemos aprendido que la vida se parece muy poco a las discusiones escolares. En el colegio podíamos sentenciar sobre el aborto, la guerra o la eutanasia sin sombra de duda, con la seguridad de que nuestras opiniones no comprometían el curso de nuestros días por venir.
Por supuesto, no tardamos en darnos cuenta de que la vida se parecía poco a la escuela. Sí, iba en serio. Nunca escogíamos el guión y nada resultaba gratis. Las preguntas nos llegaban sin avisar y, desprevenidos, apenas teníamos tiempo para meditar una respuesta que, aunque improvisada, nos precipitaba en biografías irreversibles. Al final, también ahora, sarmentosos de historia acumulada, descubríamos que, a tientas y sin mucho trazo, habíamos sedimentado eso que a veces se da en llamar un carácter. No sin angustia comenzábamos a preguntarnos si no estábamos del lado malo de aquella sutil distinción de Cernuda entre quienes imponen a la vida dirección y sentido y quienes dejan que la vida los viva. A esas alturas, con un poco de suerte, los más afortunados ya empezábamos a saber decir que no, a entender que no todo es siempre posible.
Sin embargo, en algún perdido recodo de nuestro cerebro sobrevive el adolescente improvisador de respuestas. Y lo que es peor, esa área parece estar en conexión directa con otra que tiene que ver con las decisiones acerca de la vida de todos. En nuestro comportamiento político no parece regir el principio de consistencia. Pedimos subvenciones y nos quejamos de los impuestos, defendemos Kioto mientras, en verano, mantenemos nuestras casas a temperaturas polares, nos proclamamos cosmopolitas pero miramos con desconfianza al inmigrante convertido en vecino. Hemos descubierto la posibilidad de ser irresponsables.
Cierto es que a veces la vida nos emplaza. En las sociedades opulentas, cimentadas en la superstición de que el bienestar es inevitable, de que el mañana es como el ayer mejorado, pasa poco. Pero pasa. Por ejemplo, en el País Vasco, quienes creen en la ley que asegura la libertad de todos tienen vetadas las opiniones escolares. Para ellos, mantener una opinión política equivale, inmediatamente, a elegir una vida en la que se renuncia a muchas cosas por no renunciar a la dignidad.
Es la excepción. Lo común es otra cosa. La apatía, el desinterés, la cabeza bajo el ala, la reclamación sin razones. Tan asumido lo tenemos, que hemos diseñado nuestras instituciones políticas para funcionar con material humano de la peor calidad. Lo importante es que, con sus votos, los ciudadanos, mezquinos o ignorantes, puedan identificar "como gobernantes a los hombres de mayor sabiduría y discernimiento y mayor virtud para perseguir el bien común", para decirlo con las palabras de uno de los inspiradores de la democracia americana. A través de las elecciones democráticas, el poder político, escribía Madison, acabaría por recaer en aquellos ciudadanos más excelentes, "que defienden a las gentes contra sus propios errores temporales y fantasías", "cuya sabiduría mejor pueda discernir los verdaderos intereses de la nación y cuyo patriotismo y amor a la justicia tenga menos probabilidades de ser sacrificado por consideraciones temporales de justicia". Los ciudadanos serán criaturas; pero los políticos, ellos sí, adultos.
Al menos eso creían los fundadores de las modernas democracias. Desde entonces para acá hemos podido comprobar que mecanismos electorales razonablemente pulcros y engrasados no impiden la selección de energúmenos, sinvergüenzas o lunáticos. Incluso disponemos de teorías que explican por qué son así las cosas, por qué nuestras elecciones no aseguran el gobierno de los mejores. Y es que con los políticos nos pasa como con los mecánicos, los abogados o los médicos, que no tenemos modo de asegurarnos que no nos dan gato por liebre. Si las cosas funcionan, no sabemos si es mérito suyo o el curso normal de los acontecimientos. Una política antiterrorista eficaz, que evita los atentados antes de que se produzcan, no hay modo de darla a conocer, de distinguirla de una dejadez afortunada. El político deshonesto alardeará de lo que es pura chiripa. Y el honrado no podrá exhibir su buen hacer. Los ciudadanos no se fían de quienes anticipan problemas, de quienes reclaman cambios para evitar las dificultades del porvenir. Los políticos, que lo saben, prefieren callarse: quienes señalan los problemas parece que los crean. Mejor ignorarlos, disimular, ir tirando. Todo antes que encararlos, que hacer propuestas que apunten a la raíz de los problemas, las que molestan a los poderosos, las que se interrogan sobre los tópicos políticos, las que reclaman modificaciones en el comportamiento de los votantes. Mejor marear la perdiz y compartir adolescencia con los ciudadanos.
Bien, hasta aquí la experiencia de todos. Pero me temo que en nuestro país hay un plus de adolescencia política. En algún lugar, Vázquez Montalbán se refería a una generación, la suya, que a los veinte años cumplió cuarenta y tardó otros veinte en cumplir cuarenta y uno. Sabía de qué hablaba. Por circunstancias diversas, relacionadas en su mayoría con los requerimientos psicológicos de la lucha contra la dictadura, esa generación, huérfana de experiencia política, se forjó intelectualmente en una elemental mitología saturada de grandes palabras que nada decían. La experiencia llegó más tarde, pero para entonces muchos ya no estaban a tiempo de aprovecharla. Cuesta apearse de la propia biografía. No sólo eso. La semilla estaba esparcida y germinó entre sus herederos.
Un trasiego de tópicos, de alegre trapicheo con palabras vacías de sentido, de chatarra retórica sin hueso argumental ha acabado por vetar los debates sobre los problemas de los ciudadanos, los de ahora y los que han de llegar. Esa vaguedad no guarda ninguna relación con la inevitable abstracción de los principios, de los ideales. En realidad, lo que se da en llamar ideario político es poco más que un pensamiento inercial sostenido en unas cuantas imprecisas intuiciones forjadas a los veinte años, que jamás se han vuelto a pensar, a mirar con limpieza. Al revés, la mayor parte del tiempo lo han empleado en parchearlo con otros remiendos no menos necesitados de zurcidos. Una vida consagrada a justificar la supuesta lucidez de la adolescencia. Y es que ya se sabe, lo dejó escrito Mallarmé: "Le sens trop précis rature/ ta vague literature". La precisión estropea los símbolos.
Esas disposiciones, cuando afectan a la vida propia, nunca llevan a nada bueno. Y aunque en ocasiones puedan ser divertidas, casi siempre resultan patéticas. En el peor de los casos, conducen a diversos trastornos que, normalmente, sólo pagan a los que tienen la desgracia de pasar por allí. Las cosas por lo común acaban ahí y no causan males mayores. Resulta otro cantar cuando la adolescencia perpetua afecta a la vida de todos. La experiencia del nuevo Estatuto de Cataluña es una muestra ejemplar de cómo jugando, jugando, las clases políticas nos enfilan en veredas con mal destino. Lo que comenzó, sin esperanza ni convencimiento, como un simple farol para romper alianzas políticas, desató un "y yo más que tú" hasta plasmarse en una suerte de carta a los reyes magos, en donde cada cual aspiraba a colgar sus buenos deseos, desde cómo se deben etiquetar los productos hasta la promoción de la natalidad. Después, cuando se mira el resultado final, incluso los protagonistas se espantan. Pero ya no hay retorno: tienen la vida empeñada y se la tienen que creer. Y así, algo que nunca ha interesado a nadie, nos deja, supuestamente, a las puertas del drama. Lo dijo bien temprano Maragall y lo han repetido una y otra vez varios de sus consellers, cada vez con palabras más cargadas. Una clase política encelada en el eco de su voz confunde su biografía con la historia. Lo malo es que está en sus manos la historia, la biografía de todos. Cabe entonces preguntarse si vale todo, si podemos digerir tan alegremente la irresponsabilidad política, esa que se disculpa con un "ya se sabe, maragalladas", como quien dice, "déjalo, son cosas de muchachos".
¿Qué hacer? No puede madurarse a golpes de voluntad. O al menos no de un modo sencillo. Desde luego, no en cosa de días. Entretanto, quizá no sea malo empezar por estrategias más modestas y accesibles. Por ejemplo, desinflar las palabras. Frente a Mallarmé, la dignidad de las palabras sencillas, que decía otro poeta.
Félix Ovejero Lucas es profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de octubre de 2005

domingo, 12 de febrero de 2017

Esperando al capitán Willard

Esperando al capitán Willard

En 1979 se estrenó la gran película de Francis Ford Coppola Apocalypse Now que narra la historia por la que le encargan al Capitán Willard (Martin Sheen), individuo con sus propios problemas, que inicie un peligroso viaje río arriba al interior de la selva de Camboya. Willard es un oficial de los servicios de inteligencia del ejército de EE.UU. cuyo objetivo en ese viaje es matar a Kurtz (Marlon Brando), un coronel renegado que ya no obedece las órdenes del alto mando y que ha perdido al parecer la razón. Así, como se verá al final de 153 minutos de metraje, en un tétrico campamento sembrado de cadáveres mutilados y putrefactos, Kurtz, una figura enigmática con una enorme ascendencia en su feudo, reina con total despotismo sobre los miembros de la tribu Montagnard, que le adoran como si fuera un dios. Toda una metáfora.

La película Apocalypse Now habla de la moral, de la hipocresía en particular; porque la hipocresía es la misma base de la guerra de Vietnam, en la que está ambientada. Nada que ver con los micromundos de Joseph Conrad, nada bélicos por otra parte, en los que está inspirada. 

Dice Coppola: "La película trata de una ambigüedad moral. Una parte del alma humana, si va demasiado lejos en una cierta dirección, corre el peligro de destruirse al abordar el territorio del horror amoral. Esto ha existido desde los orígenes del hombre. Lo primitivo sigue vivo en nosotros. ¿Cómo os comportaréis si os encontráis en el centro de África adorado por los indígenas, o si sois como Cortés, en México, o si os sentís liberados del juicio de los demás o incluso de vuestras propias convicciones morales? " 

Y pregunto yo: ¿ y si los nuevos tiempos os fuesen a desplazar de la zona de confort que el plano político os ha brindado? 

"Walt Kurtz fue uno de los oficiales más sobresalientes. Era brillante. Era sobresaliente en todos los aspectos y además era un buen hombre. Humanitario. Un hombre con agallas y buen humor. Se unió a las Fuerzas Especiales. Y después de eso sus ideas y métodos se volvieron dementes. Dementes. Ahora está en Camboya con este ejército Montagnard que lo idolatran como a un dios y siguen todas sus órdenes, por ridículas que sean." 

Y hoy nos encontramos con un montón de Kurtz atrincherados y alineados en sus micromundos capaces de rodearse sólo de quienes "apilan bracitos" 

Nos os perdáis el monólogo de Marlon Brandon encarnando al coronel Kurtz: 

Un montón de bracitos 


CORONEL KURTZ: He visto el horror… horrores que tú no has visto. Pero no tienes el derecho a llamarme asesino. Tienes derecho a matarme. Tienes derecho a hacerlo… pero no tienes derecho a juzgarme. Es imposible describir el horror en palabras a aquellos que no saben lo que verdaderamente significa. Horror, horror. El horror tiene una cara… y tú debes hacer del horror tu amigo. Horror y terror mortal son tus amigos. Si ellos no lo son, entonces son tus enemigos, a los que debes temer. Son en verdad tus enemigos. Recuerdo cuando estaba con las fuerzas especiales. Parece que han pasado siglos. Nos internamos en un campamento a vacunar niños. Dejamos el campamento después de haber vacunado a los niños de polio y un hombre viejo vino corriendo hacia nosotros. Estaba llorando, no podía ver. Volvimos allí y ellos habían llegado y… habían amputado cada brazo vacunado. Estaban en un montón. Un montón de pequeños brazos. Y recuerdo… yo… yo lloré. Lloré como una abuela. Quería arrancarme los dientes. No supe qué quería hacer. Y quiero recordarlo; nunca quiero olvidarlo. Nunca quiero olvidar. Y entonces me di cuenta… como si me hubiesen disparado… como si me hubiesen disparado con un diamante… una bala de diamante justo en mi frente. Y pensé: Dios mío… el genio de esto. El genio. El deseo de hacer esto. Perfecto, genuino, completo, cistalino, puro. Y entonces me di cuenta de que eran más fuertes que nosotros, porque ellos podían soportar eso… ellos no eran unos monstruos. Eran hombres… oficiales entrenados. Estos hombres que luchaban con sus corazones, que tenían familias, que tenían hijos, que estaban llenos de amor… pero tenían la fortaleza… la fortaleza… para hacer eso. Si yo hubiese tenido diez divisiones de estos hombres, entonces nuestros problemas hubiesen terminado rápidamente. Tienes que tener hombres que tengan moral… y al mismo tiempo que sean capaces de utilizar sus instintos para matar sin sentimentalismos… sin pasión… sin juzgar… sin juzgar. Porque es el juzgar lo que nos derrota. " 



Para que los más jóvenes conozcan estos perfiles, clásicos de actualidad, y jueguen a  defenderse de ellos, hay una buena noticia:
Coppola adaptará ‘Apocalypse now’ a videojuego http://cultura.elpais.com/cultura/2017/01/26/actualidad/1485438056_224629.html?id_externo_rsoc=TW_CC vía @el_pais




Una maravilla. 

-----------------------------



sábado, 22 de octubre de 2016

Nuria Espert recogiendo el Premio Princesa de Asturias de las Artes

El emocionante discurso de Núria Espert tras recoger el Premio Princesa de Asturias de las Artes http://videos.elmundo.es/v/0_05lvad0z-el-emocionante-discurso-de-nuria-espert-tras-recoger-el-premio-princesa-de-asturias-de-las-artes vía @elmundoes

sábado, 1 de octubre de 2016

Tomar en serio la prevaricación, por Javier Menezo

Tomar en serio la prevaricación, por Javier Menezo  http://confidencialandaluz.com/tomar-serio-la-prevaricacion/ vía @confidencialand

Sostenía Lakoff que las palabras adquieren significado dentro de un marco. Cuando escuchamos o pronunciamos una palabra se activa el marco que le es propio y así quien impone su marco sea un debate político sea una discusión de amigos gana.
Nuestras élites han no han necesitado tanta elaboración doctrinal, lo han intuido. Si la corrupción ha minado la credibilidad en las Instituciones y guarda relación directa con la gravedad de la crisis que hemos atravesado lo mejor es acotar el marco, reducir su significado hasta que sea tan pequeño que por arte de birlibirloque no exista.
El pacto Ciudadanos PP lo ha dejado claro pero no ha sido sino la natural plasmación de lo que derecha e izquierda, incluido PSOE llevan tiempo defendiendo, que en la definición de corrupción no se incluye la prevaricación. Es más, como prevaricación parece fuerte, le han puesto apellido: administrativa. Prevaricación administrativa que suena a cosa de burocracia, papeleo, “cuatro papeles” como se dijo en la provincia de Almería en el esperpento que protagonizó un alcalde ahora inhabilitado.
El pacto Ciudadanos PP lo ha dejado claro pero no ha sido sino la natural plasmación de lo que derecha e izquierda, incluido PSOE llevan tiempo defendiendo, que en la definición de corrupción no se incluye la prevaricación. 
Pero la prevaricación administrativa sí es corrupción aunque, a estas alturas, no extraña que se quiera apartar del concepto un delito o una actuación que solo pueden cometer autoridades. La Administración forma parte de los poderes públicos y constituye, con diferencia, el más voluminoso de todos ellos, el que consume y gasta más recursos públicos. Desde que nos levantamos dependemos de las Administraciones en la medida en que estas prestan servicios sin los cuales la vida en sociedad no es factible. La Constitución la configura como una organización dirigida por el Gobierno –cualquiera de ellos, desde el central al autonómico o local- que tiene por misión institucional servir con objetividad a los intereses generales.
Pues bien, en esas Administraciones obligadas a servir con objetividad al interés general y que contratan un volumen mareante de dinero es el único mar donde puede nadar la prevaricación administrativa que consiste bien en dictar una resolución injusta en un procedimiento administrativo, con la clara conciencia de la ilegalidad o de la arbitrariedad que se ha cometido o, como señaló una reciente sentencia del Tribunal Supremo, por omisión como cuando unos alcaldes, durante años, dejaron actuar frente a numerosos informes de la Policía Local y denuncias de los perjudicados por los ruidos de un bar.
Pero la prevaricación administrativa sí es corrupción aunque, a estas alturas, no extraña que se quiera apartar del concepto un delito o una actuación que solo pueden cometer autoridades.
Defienden nuestros próceres que, como no es corrupción, en estos casos no debe apartarse al investigado hasta que haya juicio oral. La primera reacción en este caso es afirmar el derecho a la presunción de inocencia, otro marco que nos han creado para que al mencionarla se excluya el concepto de ética política. No retirar o no retirarse del puesto de responsabilidad que se ocupa hasta que se abra juicio oral trasmite a los ciudadanos un mensaje: la misma autoridad que pudo dictar esa resolución arbitraria va a seguir en contacto con los mismos asuntos, dirigiendo los mismos equipos de trabajo, con capacidad de seguir interviniendo en cuestiones que afecten al denunciante.
La conclusión que los ciudadanos acaban asumiendo es que en un país donde al que le das el palo de una fregona se considera capitán general, es mejor confiar en el compadreo que en la legalidad, especialmente en aquellas Administraciones en las que la esfera política y la administrativa se confunden.
No retirar o no retirarse del puesto de responsabilidad que se ocupa hasta que se abra juicio oral trasmite a los ciudadanos un mensaje.
Los Gobiernos en todos sus ámbitos, Central, Autonómico, Local reciben sus poderes del cuerpo electoral, son un órgano político y pueden regirse legítimamente por concepciones ideológicas. Es la base de la democracia. Ahora bien, junto con esa función de dirección política, tiene la de dirigir la Administración, esa que sirve con objetividad e imparcialidad a todos. ¿Y qué ocurre? Que los ámbitos directivos de las Administraciones, los encargados de la gestión, se llenan de compañeros de partido y proliferan además las comisiones de servicio y formulas similares de funcionarios afines. Todo ello es perfectamente legal, que convierte el sueldo de todos estos ciudadanos en dependiente de quien le nombró, y les hace obligatoriamente dóciles. Si, encima cuando alguno de estos casos va para delante, decimos que no es corrupción, y permanecen en sus puestos no hacemos sino reforzar lo que tanto daño ha hecho, la convicción de que el clavo que sobresale recibe todos los palos, que es mejor buscar atajos. Una idea que ha dado lugar a una casta de conseguidores que vive de los boletines oficiales, subvenciones, concesiones, tráfico de influencias, amiguismo y comisiones.
¿Y qué ocurre? Que los ámbitos directivos de las Administraciones, los encargados de la gestión, se llenan de compañeros de partido y proliferan además las comisiones de servicio y formulas similares de funcionarios afines. 
No basta decir que si no se ha beneficiado económicamente él o el partido no es corrupción. Lo es, porque extiende la idea de impunidad y crea una red clientelar que depende para su bienestar diario de que esté en el poder el político que nos ha prometido ampliar así, porque si, nuestro espacio en el mercadillo, arreglarnos nuestra calle, subvencionar mi regadío o mandarnos a la obra del PER, por poner algún ejemplo. Me quedo con la frase del Presidente Rajoy en el debate de investidura: no somos súbditos, somos ciudadanos. Pues para hace falta tomarse en serio la prevaricación administrativa, el enchufismo y el ya no es por ética es por supervivencia, pues uno de los mayores frenos al desarrollo económico es tener un alto índice de corrupción, y esa se alienta desde las prácticas arbitrarias y las prevaricadoras.

martes, 23 de agosto de 2016

Una madre, una hija, y un tubo de pasta de dientes

Amy Beth Gardner, una madre de Cleveland, en EEUU, era consciente de la importancia que tiene el momento en que los jóvenes pasan de la educación primaria a la secundaria. Por eso, quiso dar a su hija mayor una lección que no olvidaría en su vida.
Gardner le entregó un tubo de pasta de dientes y le ordenó que lo rociara encima de un plato. Entonces, le ordenó que volviese a meter toda la pasta dentro del tubo. "Empezó a exclamar cosas como "¡Pero no puedo!" y "¡No volverá a estar como antes!", escribe la madre en Facebook, en donde ha compartido la experiencia.
Esperó a que su hija terminase y entonces le hizo ver que las palabras tienen "el poder de la vida o de la muerte". "Ahora que vas a empezar secundaria, estás a punto de ver el peso que tienen tus palabras. Vas a tener la oportunidad de utilizar tus palabras para lastimar, humillar, difamar y herir a otros. También vas a tener la oportunidad de utilizar tus palabras para sanar, animar, inspirar y amar a los demás", le dijo.
La pasta de dientes era solo una metáfora, una forma de que su hija entendiese que, "al igual que esta pasta de dientes, una vez que las palabras salen de tu boca, no puedes retirarlas". "Usa tus palabras cuidadosamente, Breonna. Cuando otros estén haciendo un mal uso de sus palabras, vigila las tuyas. Elige cada mañana que las palabras llenas de vida sean las que salgan de boca".
La madre busca que, de esta forma, su hija sea conocida en secundaria por su "consideración y compasión". "Usa tu vida para dar vida a un mundo que lo necesita desesperadamente. Nunca, nunca lamentarás haber elegido la amabilidad", le avisó.
Gardner subió la experiencia a Facebook el 14 de agosto y desde entonces la publicación acumula más de 555.000 'me gusta', 713.000 compartidos y 410 comentarios. En una publicación posterior, la madre explica que tanto ella como su marido tuvieron muchas dificultades para poder ser padres legales de sus dos hijas, Breonna de 11 años y Bridgett de 7, a las que adoptaron a través de un servicio de acogida del Estado.
Las niñas provenían de un ambiente que describe como "muy, muy difícil", así que querían estar seguros de que su hija mayor entendía la importancia de la generosidad ahora que iniciaba una nueva etapa vital. La madre ha respondido a quienes han criticado la lección de la pasta de dientes que, "a diferencia de otros padres que tienen el lujo de disponer de 18 años para criar a su hijo en valores", a ellos la vida solo les ha dado 9 años" antes de que su hija probablemente "abandone el nido".
"Quienes critican no saben cuántas noches nos hemos ido a la cama sintiéndonos completamente derrotados y cómo hemos trabajado juntos para ordenar el caos que fue tu infancia antes de que llegaras a nuestras vidas", ha subrayado.